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Cuando nos referimos al desarrollo social de los países emergentes pocas veces los actores involucrados en programas y propuestas se plantean el tipo de modelo que debe ser implementado. Por regla general las propuestas son verticales, de los países ricos a los países pobres. Esto implica que en no pocas ocasiones se considera de poco valor los aspectos socioculturales de la población con la que se pretende trabajar.

Se trata en definitiva de intervenir en las economías locales y nacionales; o sea, tomar decisiones y ejecutar acciones con independencia de la ciudadanía.

En el ciclo de “ayuda al desarrollo” lo que menos importa es la opinión pública local y sí la opinión del país cooperante. Mero marketing social y político.

Con estos mimbres se construye un cesto muy acomodado a las voluntades de los países ricos, de las grandes ongs y sus planes de cooperación financiados por gobiernos, de las multinacionales satélite y otras organizaciones públicas y privadas que se benefician de la actividad, lo que favorece también el establecimiento de ´negocios` paralelos amparados en una corrupción estructural, como la venta de armas, el adiestramiento en tácticas militares y de inteligencia a personal seleccionado de dichos países, bajo el mantra de “garantizar la seguridad internacional”, la explotación de los recursos naturales con escaso o nulo impacto económico para las poblaciones locales, la promoción, ejecución y control de movimientos migratorios (los cuales originan más sufrimiento y no solucionan nada), la tibia lucha contra las redes de narcotraficantes, etcétera.

Insistimos: los países en vías de desarrollo, emergentes como decimos ahora, pueden generar por sí mismos escenarios de emprendimiento profesional que contribuyan al crecimiento económico. La “ayuda al desarrollo” no deja de ser una trampa, algo así como un “neocolonialismo solidario”; pero está claro que nadie ofrece servicios gratuitos y todos tenemos intereses, por muy solidarios que parezcan. Sin embargo ¿Quién soy yo para decidir sobre las formas de trabajo y desenvolvimiento de una población que no es la mía? Entonces, ¿qué podemos hacer? ¿Cerramos los ojos ante el hambre, las injusticias sociales, el sufrimiento de los pobres, los desheredados de la tierra? No, por supuesto. Donde hay injusticia hagamos que crezca la solidaridad, donde exista miseria luchemos contra ella, donde se produzca la guerra trabajemos por la paz… este es el programa que recogen la Biblia y el Corán, entre otros textos sagrados. El problema viene sobre el modo y las estrategias a seguir para abordar esas situaciones en pleno siglo XXI.

Además, hay que tener en cuenta los intereses y las agendas de instituciones y agencias internacionales como las Naciones Unidas y su constelación de agencias, el Banco mundial, etc. La escasa transparencia en sus acciones, a pesar de la abundante información que proporcionan, la ingeniería financiera que ejercen sobre la rendición de cuentas, la corrupción, los sobornos, la falsificación de informes utilizando metodología avanzada que dificulta el rastreo e investigación de los programas ejecutados o en vías de ejecución, el exceso de burocracia y empleados cuya única finalidad es “mover papeles”, etcétera.

Nuestra experiencia nos inclina a promover la colaboración horizontal, asunto del que hablamos con frecuencia.

La colaboración no presupone un estatus diferenciado entre unos y otros, sino el planteamiento del trabajo como beneficio para todas las partes involucradas. También implica no dependencia, y alianzas de gobiernos, personas y empresas, con la finalidad de conseguir objetivos económicos viables. No lo olvidemos, todo ciclo de desarrollo es productivo y la producción es la que genera bienestar y riqueza; pero sin la debida prudencia puede crear injusticias y abusos de todo tipo.

Por tanto, con un planteamiento horizontal se preserva mejor la identidad cultural y social de la población. No hay imposiciones, no existen las intervenciones más o menos descaradas, no hay modelos, solo ecosistemas de trabajo que permitan el bienestar social.

Sabemos que algunos preguntarán: ¿y qué pasa con las presiones ejercidas por los países ricos, vía FMI, Banco Mundial y ONU, entre otras instituciones? Bueno, en realidad, esas presiones son estrategias que afectan a todos los países, sea cual sea su producto interior bruto; sin embargo, un país que se fortalece con la iniciativa propia podrá negociar mejores condiciones y situarse en un puesto óptimo. Es cuestión de voluntad política.

Pero más importante que dichas instituciones son las personas que pueden trabajar en ayuda al desarrollo. Se presupone buena voluntad, adaptación a la realidad local, cooperación franca, etc. Y no dudo que la mayoría de voluntarios y cooperantes son sinceros y honrados en su trabajo; pero también abunda el afán de protagonismo, la competición por establecer mi programa por encima del tuyo, mi acción por encima de la tuya, porque lo mío es mejor, tengo más medios, más recursos, mi ong es más prestigiosa,… en definitiva se trata de influir y generar dependencia insana, mercantilista…

La clave está en el punto de partida personal. Yo, como voluntario o cooperante, ¿cómo afronto estos retos? ¿Estoy por ofrecer o por protagonizar? ¿Quiero servir o que me sirvan? ¿Apuesto -de verdad- por un mundo más justo o simplemente me dejo arrastrar por la moda de la solidaridad puntual?  ¿Estoy comprometido y me entrego, en serio, o es algo pasajero, una aventura que contar en las redes sociales y subir fotos y vídeos? ¿Estoy dedicado a ese trabajo en cuerpo y alma, sin importar el salario, si lo hay, o busco acomodo laboral y experiencia que sumar a mi curriculum vitae?

Avatar Youssef

Author: Youssef

Desarrollo social y salud pública | Edición

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