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Con excesiva frecuencia mitificamos hechos naturales que pretendemos atribuir a una persona en concreto. Situaciones que, por inexplicables que parezcan, tienen su razonamiento dentro de la casuística científica. Así, surgen narrativas sobre mujeres y hombres que han obrado prodigios, milagros, obras portentosas. En la Iglesia Católica se eleva a los altares a quien ha conseguido obrar el milagro, según los criterios que la propia institución establece. En el Islam y en otras tradiciones religiosas, sin haber una declaración oficial de santidad, sí que se reconocen hechos milagrosos. Es algo común a la especie humana. Lo que inicialmente parece no tener explicación, acaba siendo interpretado con tintes cuasi mágicos. Posteriormente surge la narrativa milagrera, las hagiografías coloristas, el casi endiosamiento del supuesto santo o santa.
En los templos he visto cómo muchos creyentes acuden a solicitar favores a tal o cual santo de su devoción, y no se lo piden directamente a Dios. Lo milagrero es una cuestión central para la fe de millones de personas. Necesitan el hecho inexplicable, sobrenatural, la violación de las leyes de la naturaleza para creer; sin embargo, atribuir tales milagros a personas de carne y hueso puede constituir un déficit de comprensión sobre el significado profundo de nuestra fe.
Como creyente, entiendo que todo es voluntad de Dios. Los milagros, de existir, no son otra cosa que su voluntad. Nosotros poco podemos hacer, salvo analizar los hechos, estudiarlos y discernir, teniendo en cuenta que, por impresionantes que puedan parecer, solo importa nuestro abandono en la Divinidad, sin más cuestiones ni planteamientos.

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Author: Youssef

Desarrollo social y salud pública | Edición

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