Nuevo libro de Antonio Ruiz Heredia

Ya está a la venta «El bosque, un libro y un sueño», continuación de «Remembranzas de un malandrín», ambas obras en buena parte autobiográficas que recogen la sensibilidad de Antonio por la naturaleza, el compromiso permanente en su defensa y algunos hechos históricos relativos al ecologismo español y la protección del medio ambiente.

Compartimos el prefacio del libro:

Tiempo después de la publicación de “Remembranzas de un malandrín”, recibí en mi domicilio de Puebla de la Sierra un paquete misterioso. Carecía de remitente y por el aspecto del envoltorio se adivinaba a un emisor meticuloso, no sólo por la buena factura del mismo –aunque algo anticuada- sino por el paquete en sí, que había sido atado con una cuerda fina y sus nudos sellados con lacre, sobre el papel que lo envolvía.

La letra con la que estaba escrito mi nombre y dirección me resultó en cierto modo familiar, aunque al principio no estaba muy seguro de a qué o a quién me recordaba. Procedí a abrirlo con cuidado, ya que hasta daba lástima romper aquello y desbaratar cordaje y sellos lacrados, pero no había más remedio ya que la curiosidad que sentía iba en aumento.

Una vez abierta aquella caja perfectamente envuelta, mi asombro no tuvo límites al contemplar su contenido. Se trataba, ni más ni menos, que de una serie de hojas arrancadas de cuadernitos y atadas con cintas rojas… También había un par de libretas tipo “Moleskine”, unos cuantos folios fotocopiados y doblados en cuatro, además de algunas libretas más, de las encuadernadas con espiral de alambre, estas parecían estar completas y sin hojas arrancadas.

“¡Vaya hombre! -me dije- el “Malandrín” ataca de nuevo. Esto me recuerda la extraña historia que narraba el escritor italiano Giovanni Papini en su novela titulada: “El libro negro”, con las famosas cartas que el misterioso GOG le enviaba a su residencia de New Partenón…”

Ignoro cómo o de qué manera, aquel peculiar personaje que en una ocasión se introdujo en mi vida a través de la aventura de la muralla de Buitrago del Lozoya, resurgía -no sé muy bien de dónde- para enviarme más material… ¿Quizás pensando en un segundo libro…?

Desconozco igualmente como consiguió averiguar mi dirección, aunque soy consciente de que tanto mi nombre como mis libros están omnipresentes en Internet y eso, muy probablemente, debió servirle en sus indagaciones, no teniendo finalmente muchas dificultades para averiguar lo que necesitaba.

Una vez más, como en un demencial bucle que recordaba un poco al norteamericano “Día de la Marmota”, me encontré en Puebla de la Sierra, en esta ocasión no ya en el alojamiento rural alquilado de la vez anterior sino en mi cabaña de madera, haciendo montoncitos de hojas… sobre la mesa, el sofá, la cama…

Era, como digo, una especie de renacimiento diabólicamente divertido, aunque extraño, de aquello que ya sucedió una vez, ocasión en la que me vi envuelto y a la vez sorprendido por la originalidad del asunto.

Enseguida di con un sobre que contenía un folio doblado en cuatro, camuflado entre el resto de paquetes y papeles atados con cinta balduque roja. Lo abrí, desplegué y pude leer lo siguiente:

“Estimado señor Ruiz: estando yo postrado, convaleciente de aquella malhadada y perversa quimioterapia que intentaba combatir el cáncer que me carcomía por dentro, vino a visitarme un amigo, precisamente aquel a quien encomendé el romántico emparedado de mis memorias, y me trajo un regalo precioso e inesperado: era un libro, en cuya portada había algo que reconocí de inmediato: una fotografía de la muralla de Buitrago del Lozoya e imágenes de paquetes de hojas atados con cinta balduque…

Inquirí con la mirada a mi amigo, quien por toda respuesta hizo un gesto moviendo ligeramente la cabeza al tiempo que levantaba las cejas. “Léelo” -dijo únicamente-; me saludó ofreciéndome la mano y dando media vuelta se marchó por donde vino.

Ahí me quede yo sólo, anonadado y perplejo, con aquel tomo en mis manos firmado por un desconocido, pero que invitaba persistentemente a ser leído. Y lo leí. Lo hice de un tirón, solamente interrumpido por las visitas de mi enfermera, durante las cuales me conminaba a descansar, almorzar, tomar la medicación, merendar, tumbarme, apagar la luz… por ese orden.

Me quedé asombrado. Mis notas, un tanto anárquicas y descabaladas, habíanse transformado, gracias a usted, en un libro, a la vez ordenado y dinámico. Me gustó mucho y además me proporcionó ánimos y nuevos deseos de seguir viviendo, de modo que luché. Fui obediente y perseverante con lo que me indicaban médicos y enfermeras y además tuve suerte, mucha suerte, pues consentí en probar en mi propio organismo nuevos medicamentos experimentales que me ofrecieron, eso sí, bajo mi única responsabilidad, con lo que logré superar a aquel maldito cangrejo que se había empeñado en amargarme la vida e incluso quitármela…y vencí.

Una vez de nuevo en mi domicilio, me dediqué a la búsqueda y localización de más cuadernitos, inicialmente desechados o tal vez olvidados, que intente ordenar, completándolos con algunos pensamientos y recuerdos que me pareció interesante añadir y eso, querido señor, es lo que me permito enviarle a usted, por si tuviese la posibilidad y la paciencia de leerlo, dedicándole para ello un poco de su valioso tiempo. Pensé que, tal vez, podría decidirse por publicar una segunda parte de mis recuerdos, como malandrín moderno enredado en esta extraña era cibernética.

Atenta y sumamente agradecido, pues ha logrado usted que vuelva a aferrarme a la vida,

Firmado:

Alejandro Fusac Ibáñez, “El Malandrín.”

Bastante sorprendido me quedé, de modo que, como no podía ser de otra manera, me puse manos a la obra para ordenar todos aquellos documentos y manuscritos, intentando enlazar, en la medida de lo posible, las nuevas historias y una vez finalizado el trabajo, entregárselo, como la vez anterior a mi paciente editor.

Antonio Ruiz Heredia

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