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Desarrollo social y salud pública | Edición

Edición de ensayo. Impulso de Ars Templis

El sello editorial «Ars Templis» nació con la intención de ofrecer ensayos sobre diversos temas, especialmente aquellos relacionados con la naturaleza, el medio ambiente y la salud pública.

Durante estos meses pasados hemos hecho un alto en el camino, motivado por la imposibilidad de encontrar obras que nos interesara editar, a pesar de que según señalan la mayoría de estudios sobre el sector editorial, cada vez hay más gente que escribe y también es cierto que durante más de dos años de pandemia, numerosas personas, entre los que se incluyen científicos, especialistas en distintas materias, divulgadores, han aprovechado el tiempo para escribir. Digamos que las editoriales consolidadas y con peso en el sector editorial no han tenido grandes problemas a la hora de encontrar autores y materiales nuevos; pero las editoriales pequeñas no han corrido igual suerte.

En cualquier caso, es el momento de reiniciar la actividad y desde «Ars Templis» estamos preparando los próximos libros que irán viendo la luz en meses venideros, entre ellos una colección destinada a divulgar la ciencia y la técnica que se desarrolla en el continente africano.

También pronto verá la luz el próximo número de la revista Sabbúra, una publicación semestral sobre el Magreb.

En definitiva, poco a poco vamos consolidando este sello con identidad propia e independiente. Seguimos apostando por la edición en papel, utilizando la impresión bajo demanda y comercializando los libros vía Internet. También iremos ofreciendo publicaciones en digital; pero siempre bajo la impronta de la edición clásica.

Nuevo libro de Antonio Ruiz Heredia

Ya está a la venta «El bosque, un libro y un sueño», continuación de «Remembranzas de un malandrín», ambas obras en buena parte autobiográficas que recogen la sensibilidad de Antonio por la naturaleza, el compromiso permanente en su defensa y algunos hechos históricos relativos al ecologismo español y la protección del medio ambiente.

Compartimos el prefacio del libro:

Tiempo después de la publicación de “Remembranzas de un malandrín”, recibí en mi domicilio de Puebla de la Sierra un paquete misterioso. Carecía de remitente y por el aspecto del envoltorio se adivinaba a un emisor meticuloso, no sólo por la buena factura del mismo –aunque algo anticuada- sino por el paquete en sí, que había sido atado con una cuerda fina y sus nudos sellados con lacre, sobre el papel que lo envolvía.

La letra con la que estaba escrito mi nombre y dirección me resultó en cierto modo familiar, aunque al principio no estaba muy seguro de a qué o a quién me recordaba. Procedí a abrirlo con cuidado, ya que hasta daba lástima romper aquello y desbaratar cordaje y sellos lacrados, pero no había más remedio ya que la curiosidad que sentía iba en aumento.

Una vez abierta aquella caja perfectamente envuelta, mi asombro no tuvo límites al contemplar su contenido. Se trataba, ni más ni menos, que de una serie de hojas arrancadas de cuadernitos y atadas con cintas rojas… También había un par de libretas tipo “Moleskine”, unos cuantos folios fotocopiados y doblados en cuatro, además de algunas libretas más, de las encuadernadas con espiral de alambre, estas parecían estar completas y sin hojas arrancadas.

“¡Vaya hombre! -me dije- el “Malandrín” ataca de nuevo. Esto me recuerda la extraña historia que narraba el escritor italiano Giovanni Papini en su novela titulada: “El libro negro”, con las famosas cartas que el misterioso GOG le enviaba a su residencia de New Partenón…”

Ignoro cómo o de qué manera, aquel peculiar personaje que en una ocasión se introdujo en mi vida a través de la aventura de la muralla de Buitrago del Lozoya, resurgía -no sé muy bien de dónde- para enviarme más material… ¿Quizás pensando en un segundo libro…?

Desconozco igualmente como consiguió averiguar mi dirección, aunque soy consciente de que tanto mi nombre como mis libros están omnipresentes en Internet y eso, muy probablemente, debió servirle en sus indagaciones, no teniendo finalmente muchas dificultades para averiguar lo que necesitaba.

Una vez más, como en un demencial bucle que recordaba un poco al norteamericano “Día de la Marmota”, me encontré en Puebla de la Sierra, en esta ocasión no ya en el alojamiento rural alquilado de la vez anterior sino en mi cabaña de madera, haciendo montoncitos de hojas… sobre la mesa, el sofá, la cama…

Era, como digo, una especie de renacimiento diabólicamente divertido, aunque extraño, de aquello que ya sucedió una vez, ocasión en la que me vi envuelto y a la vez sorprendido por la originalidad del asunto.

Enseguida di con un sobre que contenía un folio doblado en cuatro, camuflado entre el resto de paquetes y papeles atados con cinta balduque roja. Lo abrí, desplegué y pude leer lo siguiente:

“Estimado señor Ruiz: estando yo postrado, convaleciente de aquella malhadada y perversa quimioterapia que intentaba combatir el cáncer que me carcomía por dentro, vino a visitarme un amigo, precisamente aquel a quien encomendé el romántico emparedado de mis memorias, y me trajo un regalo precioso e inesperado: era un libro, en cuya portada había algo que reconocí de inmediato: una fotografía de la muralla de Buitrago del Lozoya e imágenes de paquetes de hojas atados con cinta balduque…

Inquirí con la mirada a mi amigo, quien por toda respuesta hizo un gesto moviendo ligeramente la cabeza al tiempo que levantaba las cejas. “Léelo” -dijo únicamente-; me saludó ofreciéndome la mano y dando media vuelta se marchó por donde vino.

Ahí me quede yo sólo, anonadado y perplejo, con aquel tomo en mis manos firmado por un desconocido, pero que invitaba persistentemente a ser leído. Y lo leí. Lo hice de un tirón, solamente interrumpido por las visitas de mi enfermera, durante las cuales me conminaba a descansar, almorzar, tomar la medicación, merendar, tumbarme, apagar la luz… por ese orden.

Me quedé asombrado. Mis notas, un tanto anárquicas y descabaladas, habíanse transformado, gracias a usted, en un libro, a la vez ordenado y dinámico. Me gustó mucho y además me proporcionó ánimos y nuevos deseos de seguir viviendo, de modo que luché. Fui obediente y perseverante con lo que me indicaban médicos y enfermeras y además tuve suerte, mucha suerte, pues consentí en probar en mi propio organismo nuevos medicamentos experimentales que me ofrecieron, eso sí, bajo mi única responsabilidad, con lo que logré superar a aquel maldito cangrejo que se había empeñado en amargarme la vida e incluso quitármela…y vencí.

Una vez de nuevo en mi domicilio, me dediqué a la búsqueda y localización de más cuadernitos, inicialmente desechados o tal vez olvidados, que intente ordenar, completándolos con algunos pensamientos y recuerdos que me pareció interesante añadir y eso, querido señor, es lo que me permito enviarle a usted, por si tuviese la posibilidad y la paciencia de leerlo, dedicándole para ello un poco de su valioso tiempo. Pensé que, tal vez, podría decidirse por publicar una segunda parte de mis recuerdos, como malandrín moderno enredado en esta extraña era cibernética.

Atenta y sumamente agradecido, pues ha logrado usted que vuelva a aferrarme a la vida,

Firmado:

Alejandro Fusac Ibáñez, “El Malandrín.”

Bastante sorprendido me quedé, de modo que, como no podía ser de otra manera, me puse manos a la obra para ordenar todos aquellos documentos y manuscritos, intentando enlazar, en la medida de lo posible, las nuevas historias y una vez finalizado el trabajo, entregárselo, como la vez anterior a mi paciente editor.

Antonio Ruiz Heredia

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Antonio Ruiz Heredia

Antonio Ruiz Heredia

Maestro, educador ambiental, naturalista, humanista, escritor,… todos esos oficios se integran en la persona de Antonio Ruiz Heredia, al que conocí hace unas cuantas décadas, en los famosos campamentos que ADENA, la Asociación para la Defensa de la Naturaleza, realizaba cada verano en el Refugio de Rapaces de Montejo de la Vega (Segovia — España). Yo era un monitor de campamento y él había trabajado a las órdenes del añorado divulgador de televisión Dr. Félix Rodríguez de la Fuente.

Años después, por esos avatares que nos proporciona la vida y siempre manteniendo el contacto debido a nuestro compromiso con la defensa activa de la naturaleza, especialmente en todo lo concerniente al espacio natural aludido más arriba, tuvimos la oportunidad de colaborar en distintos proyectos editoriales.

En Ars Templis hemos publicado «El bosque, un libro y un sueño», su último libro,  “Poemas broncos de un pasado incierto”, una obra poética que recoge la sensibilidad del autor por distintas temas vertebrados sobre su relación con la naturaleza, «Remembranzas de un malandrín» y «Desde mi cabaña. Historias de animales para leer en familia».

Adjuntamos la síntesis de la presentación de «Poemas broncos de un pasado incierto», realizada por el propio autor, en el “Club Argo”, de Madrid.

Estoy encantado de poder presentar mi último libro en un espacio tan peculiar; una gran biblioteca, con estanterías atestadas, amueblada con sofás Chester, en la que también hay expositores para puros, latas de tabaco de pipa…y pipas, muchas pipas en las manos y en los labios de un montón de amigos.
Presentar un libro de poemas no resulta fácil, porque tampoco es leerlo. Se trata de algo que puede ser tan intimo y personal, tan subjetivo que no es como una novela histórica o policíaca o un relato costumbrista, que comienzan por el principio y se acaban por la última hoja. Esto es distinto, porque un libro de poemas se compone generalmente de múltiples historias, en ocasiones desconexas, de matices distintos y temáticas contradictorias, por eso tiene siempre menor difusión, ya que no a todo el mundo le gusta.
Hay ocasiones en que me siento confuso e incluso incomodo por el hecho de ofrecer mis historias llenas de subjetividad a otras personas y más en estos tiempos en los que tener criterio propio y opinar de distinta manera, parace que pueda molestar y ofender a bastante gente…pero, en fin, casi prefiero hablar de mis poemas que tenerlos guardados en un cajón.
Este es el segundo libro de poemas que publico, el primero fue hace mucho, ya que no me dedico a esto, sino que hago otras muchas cosas.
Los poemas aparecen por orden cronológico en el libro, aunque ofrezco varias alternativas de lectura que se explican al final, de manera que cada cual puede escoger.
Se completa con lo que yo denomino “pintemas”, es decir poemas dibujados, a modo de ilustración o como complemento a los escritos.
No es libro de leer en el metro o en el autobús. Mejor hacerlo con una cerveza en la mano y si se puede disponer de ella, también con una pipa, sentado cómodamente en nuestro sillón favorito.”

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POEMAS BRONCOS DE UN PASADO INCIERTO

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DESDE MI CABAÑA